*El filósofo Friedrich Nietzsche dijo que “La vida sin la música es sencillamente un error, una fatiga, un exilio”, para Inna Nasidze mientras exista música existe patria
Édgar Ávila Pérez
Xalapa, Ver.- Cuando las obras de Brahms y Bach se encuentran en el cénit de la Orquesta Sinfónica de Xalapa y la sala Tlaqná vibra a su máxima expresión, en el escenario la figura de una mujer, con un chelo, sobresale por la pasión de sus movimientos.
A los lejos, la cabellera rizada de Inna Nasidze se desplaza al compás de cada nota musical y cada oscilación de su cuerpo nos muestra la pasión, imaginación, innovación, disciplina e inspiración que pone en sus interpretaciones. A ella se le nota la música en el andar, cuando habla y en las expresiones de su cuerpo y su rostro cuando interpreta alguna pieza.
“Sabes que aquí nada malo puede pasar, estás en tu entorno, donde sabes que estás hablando con los que tienes que hablar y está saliendo tu verdadero yo, tu alma y tu espíritu; todos mis sentimientos y todos mis pensamientos están ahí en ese momento”, describe la chelista.
El frenesí en sus interpretaciones representan su esencia, una mujer nacida en Georgia, mitad georgiana y mitad armenia; una chelista con ADN musical heredado de sus orígenes en Tbilisi y de sus abuelos; una ciudadana del mundo que ama la tierra que la escucha pero extiende sus raíces en el mundo. Inna Nasidze jamás se ha sentido exiliada o fuera de lugar a donde esté. Ella sabe y siente que, mientras pueda hacer música, ahí está su patria.
“La música es una parte esencial de mi vida: uno pasa por muchas cosas, es como montaña rusa en todos los sentidos y donde encuentro mi centro es en la música, cuando algo sale mal, agarro mi chelo y empiezo a tocar Bach”, afirma.
Su mente y sus recuerdos siempre evocan a su familia musical, en aquellos rincones de la vieja Europa, con su abuelo y abuela maternos interpretando grandes obras en el piano, en medio de guerras mundiales; a sus abuelos paternos cantando ópera y, por supuesto, a su madre pianista y a su padre chelista.
“Empecé a tocar literalmente aun sin poder caminar bien, improvisaba de oído a los dos o tres años”, rememora aquella infancia sumergida en notas y partituras musicales. Sus primeros pasos fueron en aquellas cajas de resonancia de la familia, pero a los seis años descubrió el chelo y jamás lo dejó.
Un día, su padre David Nasidze la llevó a clases de piano y cuando regresaron a casa, dio un anunció a su pareja: tu hija ya no toca piano, ya toca chelo. Y en un mes, Inna hizo lo que debería haber hecho en un año y a partir de ahí nadie paró su devoción.
“Tocar música y el chelo era algo esencial de la vida, así como comer, beber, ducharte y cualquier cosa mundana, no podía imaginar un entorno sin música”, dice, con pasión desbordada. Mientras los niños de su pueblo jugaban en la calle, ella tomaba el chelo y practicaba una y otra vez.
Y eso se ve cuando, en medio de sus compañeros de la Orquesta Sinfónica de Xalapa, interpreta desde música barroca hasta obras contemporáneas y se le nota plena: “No sé si pasa algo por mi cabeza, más bien la cabeza no está en ese momento, siento que entra otra yo, que está totalmente en otro mundo”.
Más de nueve años deleitando a miles en la Sala Tlaqná y cada que se mimetiza con el chelo, recuerda a su padre David Nasidze, el chelista que abandonó la orquesta de su natal Georgia para mudarse a México e integrarse a la Orquesta Sinfónica de Xalapa.
“Siento que él está presente siempre”.
La música será siempre uno de los grandes misterios. Está alrededor nuestro y está tan presente en nuestra memoria que podemos recordar parte nuestra vida entera con música de fondo. De entre los grandes privilegios con los que cuenta Xalapa es la Orquesta Sinfónica de Xalapa quien tiene etre sus notables miembros a la chelista Inna Nasidze.